¿Por qué un blog?

"La memoria a veces parece un movimiento de resistencia ilegal, y los poseedores de memoria, los resistentes clandestinos. Existe la historia oficial: de ella se ocupan las instituciones estatales legales, los guardianes profesionales de la historia. Existe la historia personal. De ella nos ocupamos nosotros solos, haciendo catálogos de nuestra vida en álbumes familiares. Existe una tercera historia, alternativa, la historia íntima de cada día que hemos vivido. De ella se ocupan pocos, los arqueólogos del quehacer cotidiano es para excéntricos. Y justamente la historia de lo cotidiano es la guardiana precisa de nuestro recuerdo íntimo, más precisa que la historia oficial, más exacta, más cálida que la que está encuadernada en los álbumes familiares, porque la memoria secreta no se guarda en un museo estatal o en un álbum familiar, sino en un bollito, en una madeleine, lo que el maestro Proust sabía bien." Dubravka Ugresic - No Hay Nadie En Casa

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lunes, 7 de marzo de 2011

UN FIN LARGAMENTE ANTICIPADO

Corría el año de 1975. Año glorioso para mis fervores de entonces. El 1 de mayo había terminado oficialmente la guerra de Vietnam, esa historia de horrores que ensombreció  al mundo con una capacidad de destrucción hasta entonces desconocida. Finalizando el mes de junio terminé aviación. Me había tomado diez y ocho meses recibir las seis materias y presentar las respectivas evaluaciones, volar las 30 horas en sesiones de navegación por instrumentos en el simulador y realizar las 202 horas de vuelo obligatorias, incluido el chequeo final, para optar por la licencia de piloto comercial que otorgaba la aeronáutica civil. Mi diploma y mi licencia sólo me fueron concedidas cuando firmé un pagaré por $17000 pesos aún no pagados a la escuela de aviación, del dinero que costaban todos mis estudios, concesión generosa que me había hecho su dueño el capitán Luis Cadavid, ante el aplicado cumplimiento de los pagos mensuales.

Me fue asignada la licencia de piloto comercial de aeronaves PCA 2175 con el privilegio de pilotar aeronaves monomotor hasta 5670 kilogramos. Al recibir este documento con el diploma de piloto comercial el 20 de junio, al caminar desde la escuela en busca de un bus que me transportara al centro, para ir luego al apartamento al que me había mudado un par de meses antes, se me hizo un nudo en la garganta mientras mentalmente hacía un recuento de este sendero donde plantaba este mojón que abría nuevas expectativas e incertidumbres.

¡Cómo lucía de lejano, casi dos años atrás, esto que acababa de finalizar! ¡Qué contradictorios eran los sentimientos que me recorrían! ¿Existía acaso algo que se pudiese llamar “alegríatriteza”, para describir esa tensión en que me encontraba? Porque era estimulante haber llegado hasta acá con mi propio esfuerzo, pero no tenía idea de qué me deparaba mañana cuando ya no tendría más asignaciones de vuelo que preparar o exámenes para los cuales estudiar, y ello me producía angustia. Cuántas cosas habían sucedido en estos meses. Recordé mi aterrizaje forzoso en el club hípico, que me había granjeado la simpatía de varios de mis compañeros, al salir avante más por suerte que por pericia, de algo que pudo costarme la vida. De hecho, un compañero Nacho Upegui había muerto y un instructor Jesús García había quedado lesionado durante este año y medio en dos accidentes, al estrellarse contra unos cerros el primero en San Antonio de Prado y durante una emergencia por falla de motor cerca a Amagá, el segundo, en esa ruda topografía donde hacíamos las prácticas de vuelo.

Del curso no había disfrutado la fase de maniobras. Provocar barrenas para aprender a sacar la pequeña aeronave de esa condición irregular o realizar chandeles que llevaban el aparato al extremo, me producía aprensión, contrario a la mayoría de mis compañeros.  La fase denominada de “cruceros” había sido mi favorita, aunque me había traído no pocos problemas, pues requería solicitar permisos permanentes en el trabajo para salir en los vuelos a distintas ciudades del país, con pernoctadas que me ausentaban uno o dos días de las clases de inglés y significaban costos adicionales de pagos de hotel y estadía que me resultaban onerosos. Recorrer Colombia en esas pequeñas aeronaves había sido mi mayor deleite y me había permitido conocer un país pasmoso.

Uno de los últimos vuelos, apenas dos meses atrás, había tenido visos de aventura. Con dos compañeros de estudio próximos a terminar como yo el curso de aviación y el capitán Gabriel Viecco como instructor, despegamos un viernes al medio día de Medellín a Neiva en tres aeronaves, volando por primera vez al sur por el magnífico valle del río Magdalena. Me conmueve recordar esa topografía de colinas perfectamente alineadas que marcaban el cauce del río desde la Dorada hasta más allá de Ambalema, que se levantaban verticales como si la tierra hubiese sido arrugada por un gigante. Las colinas reaparecían al oriente de Girardot para confundirse finalmente con las estribaciones de la cordillera oriental en la represa de Prado, que contemplamos al volar sobre un pueblecito cuyo nombre de La Amargura, contrastaba con mi felicidad y asombro por ese paisaje mítico.  La generosidad del río se advertía a lado y lado por los verdes de múltiples tonos que delataban los sembrados de arroz y algodón del Tolima.  Durante el vuelo iba constatando el plan de vuelo que había preparado juiciosamente con todos los puntos de notificación, las frecuencias de radio para comunicaciones y las radioayudas, los rumbos y distancias, como una guía de cada una de las fases del crucero. Me satisfacía comprobar que los pronósticos realizados en las cartas de navegación, convertidos en una bitácora, se comprobaban con exactitud en el transcurso del viaje.  Tras más de dos hora de vuelo, fui el último en aterrizar en Neiva, la primera etapa programada.

Eran otros tiempos, pues aún los señores de la guerra no se habían ensañado con esta zona del país. Por ello pensar en volar sobre el departamento del Caquetá al día siguiente, me había evocado imágenes borrosas de finales de la infancia de esos llanos interminables con atardeceres rojizos que traían la fresca, de unos vaqueros de torso desnudo que parecían uno con el caballo y los sonidos dulces de esa música llanera con arpas y maracas que sonaba a través de la radio en la cocina de la finca de mi tío Paul.  Planeamos salir muy temprano hacia Florencia al día siguiente, pues en esta época del año la mañana nos daba mejores alternativas de encontrar buen tiempo para remontar la cordillera en condiciones visuales. Viecco nos instó a que el cruce de la montaña lo hiciéramos en escuadrilla, sin desconectarnos el uno del otro, pues era una zona agreste y solitaria.

Volamos al sur tomando altura. Dejamos atrás la laguna de Betania que nunca imaginé fuese tan imponente. A mi derecha apreciaban la majestuosidad de la cordillera central con el regio Nevado del Huila, recostado sobre una mañana azul que resaltaba sus contornos blancos de nieve perpetua. El río Magdalena se había tornado un riachuelo de aguas claras. Sobre la población de Guadalupe y siguiendo el curso de la carretera que conducía a Florencia, volamos con rumbo sur oeste sobre unas montañas con cañones profundos. Hacía frío en la pequeña cabina, pues volábamos en el límite del techo de servicio de los pequeños aviones para garantizar tener alguna alternativa en caso de una emergencia. Había pensado, “si se apaga el motor no hay nada que hacer”, lo que me había producido una rara sensación de dulzura. Tras unos quince minutos de vuelo sobre el lomo de la cordillera apareció ese mar verde e ilimitado del llano, lo que nos permitió iniciar un descenso paulatino hacia Florencia que se adivinaba en las estribaciones occidentales de la sierra.  En vuelo Viecco tomó la decisión de que no aterrizaría allí, sino que continuaríamos al destino final, el pequeño aeropuerto de la población de Puerto Rico al noreste, bordeando todo el tiempo las estribaciones de la cordillera oriental.

La vista de la llanura en una mañana con niebla que empezaba ascender desde los bosques en la distancia, ante la tibieza del sol naciente, era un espectáculo muy hermoso de penachos finos de nubes desgarradas, que permitía comprender el orgullo de los llaneros y el amor por su tierra. De la cordillera brotaban varias quebradas y ríos que bañaban el llano. Sentado en mi aparato a tres mil quinientos pies sobre el terreno, comprendí que era un ser privilegiado.

Ubicado en una curva en forma de herradura del río Guayas avistamos a Puerto Rico. Como carecía de torre de control, fue necesario hacer un sobrevuelo a baja altura para avisar a los transeúntes que esas tres pequeñas aeronaves iban a aterrizar allí. Era una pista corta en tierra con una caseta en la cabecera oriental que servía como sitio de atención de los ocasionales viajeros. Una vez aterrizamos parqueamos allí las aeronaves ante la curiosidad de una gran cantidad de niños del pueblo, mestizos descalzos de piel morena y rasgos indígenas y la presencia de unos cuantos policías que se ofrecieron a cuidar los aviones a cambio de una propina durante la noche que permanecerían allá.

Estábamos en este lugar remoto por invitación de un colono antioqueño que llevaba 20 años en la zona, amigo de Gabriel Viecco, quien le había invitado allá, “con todos los alumnos de esa escuela, si fuese necesario”, como le había dicho en reiteradas ocasiones. Desde temprano nos esperaba para llevarnos a su finca río abajo en una lancha de madera equipada con un motor fuera de borda que nos aguardaba en el muelle del pueblo. Viecco, que se transformaba al bajarse del avión en un paisa parrandero, que tocaba la guitarra y entonaba deliciosas canciones, mientras bebía aguardiente como si el mundo se fuese a acabar, radiante con el reencuentro con su amigo, compró con el dinero colectivo aguardiente llanero que empacamos en el bote para dar cuenta de la primera botella antes de arribar a la hacienda de su compañero tras poco más de media hora de viaje por un río de aguas cristalinas, con unos árboles gigantescos en sus orillas donde se resguardaban del sol los hatos de ganado cebú que miraba curiosos el paso de la lancha. Fue una fiesta típica de hombres bulliciosos en medio de esa tierra exótica y olvidada de la civilización. Un par de meses después presenté mi evaluación final. Este crucero fue la celebración anticipada de la finalización de mis estudios en la escuela de aviación.



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