¿Por qué un blog?

"La memoria a veces parece un movimiento de resistencia ilegal, y los poseedores de memoria, los resistentes clandestinos. Existe la historia oficial: de ella se ocupan las instituciones estatales legales, los guardianes profesionales de la historia. Existe la historia personal. De ella nos ocupamos nosotros solos, haciendo catálogos de nuestra vida en álbumes familiares. Existe una tercera historia, alternativa, la historia íntima de cada día que hemos vivido. De ella se ocupan pocos, los arqueólogos del quehacer cotidiano es para excéntricos. Y justamente la historia de lo cotidiano es la guardiana precisa de nuestro recuerdo íntimo, más precisa que la historia oficial, más exacta, más cálida que la que está encuadernada en los álbumes familiares, porque la memoria secreta no se guarda en un museo estatal o en un álbum familiar, sino en un bollito, en una madeleine, lo que el maestro Proust sabía bien." Dubravka Ugresic - No Hay Nadie En Casa

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martes, 8 de febrero de 2011

RAICES

La muerte de mi padre ocurrió a mediados de 1967 cuando cursaba tercero de bachillerato. Además del vacío insondable de su partida, de la abrupta transformación de todo, una sombra gris se posó sobre mi futuro al comprender que la aviación se tornaba una ilusión poco realizable. La situación económica cambió tan abruptamente, que de estudiar en un colegio privado y bilingüe, pasé como mi hermano mayor a un liceo público como expresión concreta y tangible de una nueva realidad. Una vida de comodidades se tornó a otra de apuros, de golpe, sin preparación o esperas, modificando los sueños de futuro por una realidad concreta y dura que entre todos los miembros de la familia debimos afrontar.

 Esto me acercó de manera inesperada a mi abuela materna, Gabriela, por el papel que esta mujer desempeñó en el acompañamiento a mi madre, viuda inconsolable y enojada con la vida. Fue por esta anciana de mente brillante y de hablar embrujador que me enteró que por mis venas corría sangre de aviador, -hice una breve mención al inicio de este viaje- durante una de sus interminables remembranzas tan propias de los viejos, plagadas de anécdotas de tiempos ya idos, que yo escuchaba con reverencia y fascinación.

Ocurrió una tarde; estábamos sentados en el corredor del patio principal de la casa de mi abuela, uno de aquellos viejos caserones de la calle Bolivia en Medellín. Era una de esas viviendas con habitaciones en galería, con patios y un gran solar, que permanecía todavía en pie a pesar de y se sentía el empuje implacable de un progreso arrollador e insensible al patrimonio urbano que empezaba a demoler media ciudad. Mientras mi madre dormía su dolor después de sus llantos inconsolables por la pérdida de su esposo, yo solía acompañar a la anciana matando la tarde en partidas de tute y otros juegos de cartas, durante los cuales fluían los recuerdos, mientras los ases y las jotas combatían por granos de fríjol sin valor. Hernando Arango, mi tío aviador surgió en una de estas tardes cuando mi abuela Gabriela me preguntó:

            -Mijo, y usted qué va a hacer cuando sea mayor.

            -Yo quiero ser aviador, abuela – dije, con una inocultable ansiedad en la voz.

            Levantando la mirada del manojo de cartas, los ojos intensos y siempre húmedos de la anciana brillaron un momento al escuchar estas palabras. Su labio inferior tembló de emoción durante los segundos que escrutó mi cara con expresión de sorpresa por el efecto inusual de mis palabras. Retrocediendo en sus recuerdos, estaba sin duda proyectando en ese joven moreno y flacuchento que tenía en frente la cara preciosa de su hijo aviador, muerto en un absurdo accidente en los albores de la aviación militar del país en 1941, cuando apenas tenía 26 años.

            -Ayúdeme a levantarme, mijo. Y espéreme aquí un momento,-me dijo sin ninguna explicación.
            -¿Qué pasó abuela? ¿Dije algo que no debía?

            -Tranquilo mijo. Quédese aquí no más, que voy a traer algo. Ya vengo.

            Me quedé mirándola apoyada en su bastón, con su caminar lento y su cojera que la bamboleaba a lado y lado, mientras recorría el corredor rectangular de las begonias en pos de su habitación. No sabía qué hacer, pues me sentía confundido. Tras unos minutos largos y ansiosos, la abuela Gabriela apareció trayendo algo en la mano libre que le dejaba el bastón, un objeto que parecía un portarretratos. Se sentó con dificultad en la poltrona sin aceptar mi ayuda y me dijo: -Le tengo una sorpresa, mijo,- ocultando en su regazo lo que era sin duda un retrato antiguo. Se recreaba con el misterio que se había generado y era obvio que su mente trasegaba por épocas distantes y dichosas que le iluminaban la cara. Tras unos segundos empezó a hablar:

            -Este es su tío Hernando Arango Jaramillo,- habló saboreando las palabras. –El teniente Arango, piloto militar - insistió, mientras volteaba el portarretratos para revelarme a su hijo, en una foto en tonos sepia que mostraba a un hombre en sus veinte años, luciendo orgulloso un uniforme militar de cuello alto, con botones metálicos en al pecho, charreteras en sus hombros y una gorra blanca. Tenía una expresión adusta y orgullosa.

            Estaba anonadado. ¿Cómo era posible que sólo hasta hoy supiera que un tío mío había sido aviador? ¿Por qué nadie me había contado algo tan importante para él? Así como era raro saberlo ahora, era igualmente magnífico. ¡Un tío aviador, qué barraquera! Casi sin aliento, dije:

            -¡Cómo así! ¡Cuénteme todo abuela!

            Escrutando con la mirada su pasado la abuela me contó que a pesar de la oposición inicial de su marido, el abuelo Ernesto ya muerto, el tío Hernando había ingresado a la base militar de Guavito en Cali, que hacía las veces de escuela militar de aviación militar de la época, una vez terminó su bachillerato, en 1936. La aviación había sido su obsesión desde siempre. Por su determinación inquebrantable logró que su padre finalmente accediera a sus deseos de ser piloto.

            Había recibido su brevet de aviador dos años después en una ceremonia que la abuela evocaba como algo conmovedor en su solemnidad y rigor militar. Mi abuelo y mi abuela fueron transportados  hasta la base del Guavito en un avión del gobierno, para acompañar a su hijo. Con orgullo evidente decía que a Hernando “le habían impuesto las alas”, para indicar que había sido graduado como piloto. Una revista aérea con maromas audaces, cuyo efecto impresionante se presentía en la ansiedad que aún vibraba en sus palabras, fue el cierre de esa ocasión solemne. 

            Con dolor me contó como su hijo había visto morir a su compañero, el teniente César Abadía, en la famosa catástrofe de Santa Ana, durante la presentación de la aviación militar que había seguido al desfile de la infantería durante la posesión del presidente Eduardo Santos, al norte de Bogotá. Él había sobrevolado frente a las tribunas dispuestas para el público, unos minutos antes del accidente, en una escuadrilla de aviones de entrenamiento al mando del Capitán Álvaro Almeida, que precedió el vuelo de los aviones de caza.

            El capitán Abadía, famoso por su arrojo, no logró recuperar su avión durante una maniobra de exhibición muy exigente frente al público. Los treinta y cuatro muertos y más de cien heridos de este día, producto de la catástrofe aérea, si bien marcaron al joven piloto, no consiguieron hacerle desistir de su carrera de aviador militar.

            Nombres como los de Ernesto Recamán, Germán Olano, Escipión Alvarez, pilotos militares, –que yo descubriría después fueron personas que desempeñaron un papel protagónico en la historia de la aviación colombiana-, desfilaron aquella tarde por la crónica deliciosa de mi abuela, que tan pronto contaba una estadía de su hijo en la base de Palanquero para remontarse sin transición en sus recuerdos al primer vuelo que presenció de un globo aerostático en el Parque de Berrío de Medellín, donde murió Salvita por el incendio de su aeróstato ante una multitud asustada, siendo ella todavía una niña.

            En medio de una penumbra íntima en la transición hacia la noche, mi abuela Gabriela me contó, con la voz conmovida por la fuerza de su recuerdo, como su hijo se había accidentado, durante un vuelo de prueba a un avión que había estado en mantenimiento en la base de Guavito. Su muerte ocurrió muy probablemente por la falla del único motor de su aeronave a muy baja altura y con poca velocidad, pues en apariencia sucedió luego del despegue. Las probabilidades de salir avante de algo así eran mínimas. De acuerdo a su narración había accedido hacer el vuelo en reemplazo de uno de sus compañeros que se encontraba indispuesto aquel día.

            -Cosas del destino-, dijo con notable dolor y resignación.

            Cuando sonó el teléfono esa tarde y le dijeron que era de larga distancia, su corazón le anticipó, antes de que alguien le diese esa noticia dolorosa, que su hijo había muerto en su ley.

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