¿Por qué un blog?

"La memoria a veces parece un movimiento de resistencia ilegal, y los poseedores de memoria, los resistentes clandestinos. Existe la historia oficial: de ella se ocupan las instituciones estatales legales, los guardianes profesionales de la historia. Existe la historia personal. De ella nos ocupamos nosotros solos, haciendo catálogos de nuestra vida en álbumes familiares. Existe una tercera historia, alternativa, la historia íntima de cada día que hemos vivido. De ella se ocupan pocos, los arqueólogos del quehacer cotidiano es para excéntricos. Y justamente la historia de lo cotidiano es la guardiana precisa de nuestro recuerdo íntimo, más precisa que la historia oficial, más exacta, más cálida que la que está encuadernada en los álbumes familiares, porque la memoria secreta no se guarda en un museo estatal o en un álbum familiar, sino en un bollito, en una madeleine, lo que el maestro Proust sabía bien." Dubravka Ugresic - No Hay Nadie En Casa

BOEING B727

Loading...

miércoles, 23 de febrero de 2011

DE LA U A LOS HALCONES

La realidad agobiante de una economía cada día más exigua en casa tres años después de la muerte de mi papá me llevó a trabajar como profesor de inglés en el Instituto Bridge manejado por un loco genial, Guillermo Arango, que se había encantado con ese muchacho que se había atrevido a presentarse a la convocatoria que había aparecido por la prensa, sin tener la menor experiencia. Trabajar me obligó a su vez a enfrentar la verdad, dura como una roca, de que la aviación se alejaba aún más de mi alcance. No hubo más remedio que entrar a la universidad. Inicié arquitectura en la Universidad Nacional, lo más afín que mi mente soñadora pudo encontrar, pues tenía cierta inclinación por las artes y gozaba de una habilidad innata para dibujar, como daban fe los cientos de aviones y helicópteros que había pintado desde niño en cuadernos que conservaba con cuidado en mi pequeña biblioteca.
 
Tuve que desempolvar el inglés estudiado hasta segundo de bachillerato. Siempre me he preguntado qué inspiró a nuestro padre para ponernos en ese colegio recién fundado, el Columbus School, que entonces podría pagar un hombre de clase media con un cargo gerencial en una empresa de curtiembres y cuatro hijos a quienes quiso ahorrarles sus propios afanes por salir adelante.  Me vi obligado otra vez a estudiar gramática  inglesa y a aflojar la lengua cuando hablaba en este idioma pues esos sonidos melódicos se me habían atascado por falta de uso.

Esa vida agitada de estudiante universitario de una carrera exigente y de profesor nocturno de inglés me mantenía más que ocupado y contenía la aparición de la frustración por mi otra carrera inalcanzable. La intensa actividad universitaria de principios de los setenta, politizada hacia la izquierda en las universidades públicas, vibrante de debates, paros, enfrentamientos ideológicos, sueños de una sociedad más igualitaria, rock y música protesta, arte pop y todo tipo de locuras, no daba lugar a aburrirse. En la universidad conocí personajes fascinantes como Estanislao Zuleta que marcó mi vida al abrirme la puerta de la pasión por la gran literatura, el arte, la filosofía, el psicoanálisis y el libre pensamiento o como el maestro Pedro Nel Gómez, quien me enseñó la importancia de la disciplina en el estudio o en el arte. Amé con amor adulto por primera vez a una muchacha del grupo, Clara Lía, hija de un padre comunista, la primera mujer que me trataba como igual y que me aseguraba que algún día tendríamos juntos cómo pagar la carrera de piloto frustrado una vez ejerciéramos como arquitectos.   

Los paros cada vez más frecuentes y prolongados y las cancelaciones de semestres que presagiaban una carrera eterna, me llevaron a dedicar más tiempo al trabajo que al estudio. Varios compañeros desistieron de la universidad, entre ellos Diego García, de quien ya he hablado. Diego era un músico hábil, un escritor dotado y un pintor innato; dado que no se hallaba en ninguna parte por un gran talento sin arraigo, decidió pedirle a su tío dinero prestado para estudiar aviación, con el fin tener tiempo una vez estuviese volando para estudiar piano, su pasión de aquella época, pues según él, los aviadores sólo trabajaban unos quince días al mes.  Cuando se graduó y empezó a volar en los Beechcraft C45 de Cessnyca, debo decir que sentía la punzada de la envidia cuando nos encontrábamos para estudiar El Capital de Marx, para leer a Freud o a Nietzsche y él me contaba de su vida de piloto, que efectivamente le permitía un tiempo para su piano, pero que no le producía una emoción visible.

Una tarde durante las vacaciones de diciembre de 1973, durante una conversación telefónica con Diego me preguntó: -¿Vos por qué no dejás la universidad y estudiás aviación, con esas ganas que mantenés?

            - Porque eso vale mucho, hermano. Vos sabés eso mejor que yo. Nadie presta para esa carrera.

            -¿Vos que trabajás tanto no tenés una plata ahorrada? Imagino que no todo es para tu casa, o sí. Este último año que ha habido tanto paro has estado prácticamente de tiempo completo en ese instituto.

            -Yo si tengo como doce mil pesos, pero eso no alcanza para nada. Esa carrera vale ocho veces más.

            -¡Doce mil pesos! Hermano, con eso podés empezar. Déjate. Yo hablo con el capitán Luis Cadavid el dueño de Halcones. El es muy amigo de Jaime Castro y yo fui el protegido suyo cuando estudié allá. Yo le digo que vos tenés trabajo. Que podés pagar a plazos, que le abonás doce mil para empezar…¿Cuánto crees que podés ahorrar al mes trabajando de tiempo completo allá,…tres, cuatro mil? Con eso vas abonando y pagando las clases y las horas de vuelo. Dejá eso en mis manos. En enero empezás curso, acordate de mí.

            Y efectivamente el 15 de enero del año siguiente, cuando se iniciaron las matrículas para los nuevos alumnos de aviación, fui admitido en la Escuela de Aviación Los Halcones, tras una larga negociación que me llevó a abonar catorce mil pesos que significaban hasta el último centavo de mis ahorros de casi tres años. Firmé unas letras de pago de tres mil pesos mensuales que me implicaban trabajar como un esclavo para conseguirlos después de contribuir con los gastos de la casa. El vínculo con la universidad se fue deshaciendo poco a poco en el trajín de esa vida, al punto que no me preocupé por cancelar la matrícula del quinto semestre que transcurría hacía más de un año. Iba a ser aviador y eso era todo lo que ahora me importaba.

1 comentario:

  1. su amigo diego no sabe si conocia a jose muñoz? el tambien trabajo en cessnyca hasta que se acabo

    ResponderEliminar