¿Por qué un blog?

"La memoria a veces parece un movimiento de resistencia ilegal, y los poseedores de memoria, los resistentes clandestinos. Existe la historia oficial: de ella se ocupan las instituciones estatales legales, los guardianes profesionales de la historia. Existe la historia personal. De ella nos ocupamos nosotros solos, haciendo catálogos de nuestra vida en álbumes familiares. Existe una tercera historia, alternativa, la historia íntima de cada día que hemos vivido. De ella se ocupan pocos, los arqueólogos del quehacer cotidiano es para excéntricos. Y justamente la historia de lo cotidiano es la guardiana precisa de nuestro recuerdo íntimo, más precisa que la historia oficial, más exacta, más cálida que la que está encuadernada en los álbumes familiares, porque la memoria secreta no se guarda en un museo estatal o en un álbum familiar, sino en un bollito, en una madeleine, lo que el maestro Proust sabía bien." Dubravka Ugresic - No Hay Nadie En Casa

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miércoles, 16 de febrero de 2011

EL CAPITAN CARDENAS

Estudiar aviación costaba una fortuna. Y la situación familiar hacía más difícil encontrar una alternativa. Aun cuando nuestro padre vivía y dirigía una empresa curtidora, existían dudas sobre a una inversión tan elevada, de tal manera que parecía inconcebible desde todo punto de vista lograr mi propósito. Mi madre y mi hermano mayor continuamente hacían cuentas en torno a un presupuesto exiguo. Para agravar las cosas, de acuerdo con las últimas averiguaciones que había realizado en Aeroandes, -que era una de las academias de aviación del país-, los estudios costaban ¡casi $95000 pesos! Una cifra astronómica, sin contar que tendría que irme a vivir a Bogotá.

Procurando no perder el empeño y por recomendación de un compañero del liceo, escribí al Icetex, pues él me aseguró que ese ente del gobierno prestaba dinero para estudiar en la universidad. Para mi desencanto la respuesta decía que la aviación no se consideraba una carrera sino una tecnología y que por tanto la institución no podría concederme un préstamo para estos estudios. Por otra parte era una profesión de alto riesgo. Era un panorama muy sombrío mientras cursaba quinto de bachillerato y estaba obnubilado por esa obsesión.

En las residencias más lujosas del barrio vivía el Capitán Jaime Castro, dueño de la empresa de aviación Cessnyca, que se había convertido en la primera aerolínea de vuelos regionales de la zona centro y norte del país, ante la quiebra de Aerotaxi, que por muchos años fue líder de esta operación con los ya mencionados Beaver DHC-2. Había perdido su lugar en el mercado, entre otros motivos por el cambio de equipo de vuelo. Los malos manejos y una equivocada decisión sobre la flota terminaron por quebrar la mina de oro que fue y en su reemplazo había surgido esta compañía.

Cessnyca operaba aviones Douglas DC3 y Beechcraft C45, comprados como residuos de la segunda guerra mundial, y los volaba con notable éxito. Había aprovechado el vacío de Aerotaxi, usando dos tipos de aeronaves cuyo costo de adquisición no era desmedido y que eran más que apropiados para aquellas pistas rudimentarias que constituían la única alternativa de comunicación con el interior en muchas regiones del país.

Moría de envidia ante las historias de Mauricio, hijo del Capitán Castro, piloto en ciernes como él, quien narraba los viajes con su padre, durante los cuales refería cómo le permitía tomar los controles cuando por alguna circunstancia no había pasajeros en algún trayecto. Volaban a Bahía Solano o Unguía, poblados olvidados donde el capitán Castro era venerado por el servicio que su empresa prestaba a la región. Tenía anécdotas inauditas, como la del muerto que en alguna ocasión trajo del poblado de Caucasia, sentado en la silla del copiloto de un C45, cuando tener copiloto en estos aviones livianos no era una exigencia de la autoridad aeronáutica. Trajo el cadáver como si se tratara de un borracho que dormía su ebriedad, para no alarmar a tres pasajeros más que venían en las sillas de atrás. Lo había hecho como un acto humanitario pues sus familiares no podían pagar por el servicio. La única posibilidad para transportarlo a Medellín, era sentarlo en la silla disponible en cabina ante la imposibilidad de acomodar el ataúd en el espacio reducido del avión. Durante el terremoto que por poco desaparece a Bahía Solano y otras poblaciones del Pacífico, Jaime Castro realizó diversos vuelos aterrizando en la playa húmeda cuando el mar se retiraba en marea baja, que los lugareños limpiaban al sentir el sobrevuelo del avión. Llevaba comida, medicinas a esta población desolada y transportaba heridos y enfermos hacia Medellín. Su fama y el aprecio que la gente le tenía, eran antológicas.

Fue Mauricio Castro quien me contó de otro piloto del barrio, un capitán de SAM, la Sociedad Aeronáutica de Medellín, la aerolínea orgullo de los antioqueños, que competía a muerte en varios mercados con Avianca. Se llamaba William Cárdenas. Vivía a sólo una cuadra de mi casa. En aquella época Cárdenas se encontraba en curso para volar como copiloto de los aviones Lockheed Electra que acababa de adquirir esta compañía para reemplazar sus DC-4, unos poderosos turbohélices de cuatro motores que vería pasar unos meses después sobre mi casa durante la operación en el Olaya Herrera, con una emoción que atizaba mi sueño de ser capitán de aviación.

Una tarde después de pensarlo una y otra vez, me armé de valor y fui a su casa. Abrió la puerta el propio capitán Cárdenas, un hombre de unos veinticinco años, alto, bien parecido, de ojos claros, que me miró con cierta condescendencia cuando le comenté que deseaba estudiar aviación y  pregunté cómo podría hacerlo.

-¿Y vos tenés el dinero para pagar la carrera?- me preguntó de entrada.

-No señor,- y me sentí ridículo parado frente a ese hombre que despertaba la admiración de todas las muchachas del barrio y que me miraba con cara de “..y qué quieres entonces que yo haga..”.  A pesar de la confusión que sentía por esa pregunta obvia que no había previsto, me atreví a continuar: -Me pregunto si hay alguna otra alternativa; si puedo empezar de mecánico, si hay hombres que hagan el oficio de las cabineras,…no se…quizás si uno ya está en el medio le resulte más fácil.

 Viendo mi turbación y empeño el Capitán Cárdenas dijo: -¿Ya averiguaste en la FAC? Entiendo que ellos reclutan muchachos en las brigadas del ejército que quieren ser aviadores militares. ¿Vos no has terminado bachillerato, cierto? Si te gusta tanto ser piloto como parece, podés averiguar en la brigada de acá de Medellín. Sé que es dura la vida militar, pero es una alternativa.

-Gracias capitán,- fue lo único que atiné a decir, mientras salía corriendo en dirección a  casa con la cara roja de vergüenza y una enorme turbación.

Sentado a la vera de la calle frente a la casa, recordó a mi tío Hernando. Me imaginé como él, volando quizás un T33 en una formación o un DC3 de transporte, cargado de soldados. No sentí la agitación usual. ¿Cómo sería una base aérea? ¿Sería capaz de soportar las humillaciones e insultos que había oído decir hacían parte de la carrera militar y del aprendizaje de la subordinación? ¿Qué significaba ser cadete? ¿Estaba preparado para matar a alguien desde un avión cumpliendo una orden, como había leído que había ocurrido en Marquetalia durante la represión de los guerrilleros unos años atrás? Aunque me costaba aceptarlo, y a pesar de la fuerza imperativa de mi deseo, resultaba difícil ponerme un uniforme militar para lograrlo. Una tristeza enorme amargó mi tarde.

1 comentario:

  1. Yo tuve la oportunidad de viajar con el capitán Castro varias veces a Caucasia. Eso fue por los anos 1964 y 65.Era persona muy amable. Varias veces aterrizamos primero en Buenos Aires la finca de los señores Fernandez antes de llegar a Caucasia. Volabamos en esa entonces unas cessna de 5 pasajeros creo era

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