¿Por qué un blog?

"La memoria a veces parece un movimiento de resistencia ilegal, y los poseedores de memoria, los resistentes clandestinos. Existe la historia oficial: de ella se ocupan las instituciones estatales legales, los guardianes profesionales de la historia. Existe la historia personal. De ella nos ocupamos nosotros solos, haciendo catálogos de nuestra vida en álbumes familiares. Existe una tercera historia, alternativa, la historia íntima de cada día que hemos vivido. De ella se ocupan pocos, los arqueólogos del quehacer cotidiano es para excéntricos. Y justamente la historia de lo cotidiano es la guardiana precisa de nuestro recuerdo íntimo, más precisa que la historia oficial, más exacta, más cálida que la que está encuadernada en los álbumes familiares, porque la memoria secreta no se guarda en un museo estatal o en un álbum familiar, sino en un bollito, en una madeleine, lo que el maestro Proust sabía bien." Dubravka Ugresic - No Hay Nadie En Casa

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sábado, 28 de mayo de 2011

AMAR


¿Existe acaso una erótica del vuelo? Creo que sí. Demasiadas pistas inducen a reconocer una relación de una sensualidad intensa, de la corporeidad comprometida de manera plena, de pasión, cuando los aviadores nos enfrentamos con el acto de volar. Y todo hace pensar que dicho entramado sobrepasa el asombro por vencer la atracción fatal de la gravedad, precisamente con la aplicación de otras leyes físicas, que en cierta medida tornan, lo que antes fue profundamente inquietante y riesgoso, en algo que es casi cotidiano, racional, entendible para todos los públicos y en apariencia ajeno de misterio.

Es diciembre; la navidad está cerca. La noche ha sido lavada por el espíritu de Dickens. Hay solo unos pocos cirros a gran altura en el cielo. Tengo detrás de mí en la silla del observador a la pasajera más importante de mi vida. Hemos despegado a tiempo para el último trayecto, Bogotá-Rionegro del itinerario del día. No hay ningún estrés en torno, cual si el tono festivo de estos días atenuase todas las tensiones y afanes. Ascendemos para 22000 pies al sur sobre la sabana virando luego para poner rumbo al occidente sobre el  valle del Rio Magdalena, acatando la autorización del control de tráfico aéreo de Eldorado. Una vez a nivel, nos aproximamos a la posición de San Felix en el lomo de esa regia cordillera central que nos deja percibir, recostado sobre un fondo negro plagado de estrellas, el resplandor tenue de la corona de nieve del Nevado del Ruiz que se presiente aún sin luna. Al remontar la montaña,  a nuestra izquierda titilan las luces de Manizales y en la distancia al suroccidente se abre el Valle del Cauca como lo delatan el alumbrado de Cartago y el resplandor de Pereira escondida tras los cerros al norte de esa ciudad que la bloquean de nuestra mirada. Hay algo en esos brillos: no todos son en tonos amarillos o blancuzcos como suelen verse durante el año. Aquí, allá, percibimos cual manchones de una acuarela multicolor, tonalidades sutiles por la distancia, que nos recuerdan la repetición de ese ciclo pagano-religioso del nacimiento de Jesús.  En contacto con el control del José María Córdoba viramos hacia el norte iniciando el descenso en medio de una oscuridad aún más íntima, pues son más pequeños y esporádicos los pueblos aferrados a las laderas, que también nos evocan con sus homenajes de colores esta festividad recurrente. No hacen falta palabras, es aún más bella la complicidad del silencio. Sobre Abejorral, la inminencia del fin del vuelo por el aeropuerto que se insinúa en la distancia, hace que se inscriba en el alma, como un tatuaje, esa pieza única de intimidad vibrante.

                        

                                         Noche estrellada sobre El Ródano- Vincent Van Gogh


En esta otra ocasión acabamos de dejar Cuba, rumbo al sur, aún de noche. Volamos a 39.000 pies, con un cielo rico en estrellas, como la Cruz del Sur nítida en el horizonte, que nos recuerda nuestro destino. Las pantallas de la aeronave tienen la intensidad de su iluminación al mínimo, para que no interfieran con el espectáculo de esa bóveda silente que no responde nuestras preguntas, iguales finalmente a las preguntas de nuestros antepasados más remotos. El sistema administrador del vuelo –el FMS- controla la nave, su curso, su altitud, la potencia de las turbinas que apenas son un susurro constante para nuestra escucha siempre atenta. El mapa en la pantalla de navegación al frente nos corrobora que vamos en camino. El Centro de Control de Kingston nos informa de un tráfico contrario, un aviso rutinario que sin embargo, como siempre, estimula nuestra curiosidad por encontrar cuanto antes las luces de posición en las puntas de las alas de la nave de nuestros colegas que se aproxima. Lo percibimos en la distancia por esos brillos rojo y verde y el resplandor intermitente de sus lámparas anticolisión. Imagino que ellos también nos ven. Nos acercamos el uno al otro a más de mil seiscientos kilómetros por hora cuando sumamos nuestros vectores celestes. Vuelan dos mil pies arriba. Enciendo los faros de aterrizaje; ellos hacen lo propio. Un adiós de buenos augurios que no requiere palabras, cuando esa sombra desaparece rauda sobre nosotros. Son encuentros cómplices, que nos reflejan en un espejo que pasa a gran velocidad, minúsculos objetos en la inmensidad de esa cúpula hermosa que nos envuelve. En el tramo entre Jamaica y Cartagena poco más de una hora después aparece a nuestra izquierda en el horizonte un tenue hilo de luz curvo de tonos rosa que tiñe la base de varias nubes en la distancia y anuncia la continuidad del tiempo, del ciclo de la vida que va creciendo, ganando poco a poco la lucha a la oscuridad que sin embargo parece resistirse al occidente. Es un contraste que se va atenuando sin reposo hasta que el triunfo del día se hace evidente por esa bola incandescente que asoma su redondez y sube sin pausa hasta adueñarse del cielo, para pintarlo de azul y para recordarnos nuestra pequeñez, nuestro transcurrir ineluctable.

Por último volamos Cartagena-Medellín. En cabina tengo el gozo de la compañía de mis amigos Alejandro Mejía en la silla derecha y de Darío Bravo en la panel del ingeniero. Las condiciones del clima no pueden ser mejores. Desde más de ochenta millas antes de arribar vemos el valle espléndido de Rionegro y las manchas naranja de los edificios de la ciudad de Medellín incrustada entre las montañas. Solicitamos autorización para descender. El reto que nos hemos impuesto lo llamamos coloquialmente en la empresa “la mariposita”, una técnica para ahorrar el máximo de combustible y que consiste en reducir la potencia de los tres motores al mínimo y aprovechar la inercia de la nave que planea silenciosamente bajando en control pleno. Nos han autorizado aterrizar de sur a norte en aproximación visual pues no hay tráfico en la zona. Nuestros cuerpos pegados a las sillas de la aeronave se hacen uno con el aparato, entregados al abrazo que nos brinda el arnés de pecho. Sentimos cada movimiento sutil del avión, nos dejamos llevar por esa masa de más de 130 mil libras que desciende suavemente, en un aire calmo, en una compenetración que nos produce una sintonía profunda con la máquina.  Mantenemos atención constante a la relación entre distancia recorrida y altitud corrigiendo con leves movimientos con el control del piloto automático las menores desviaciones. Somos parte de la aeronave y la sensación es intensa en medio de esa complicidad que nos une a los tres en la cabina. Cruzamos la población de Guarne y continuamos nuestro descenso sobre las estribaciones de esa montaña de bosques de pinos y árboles silvestres con la pista a nuestra izquierda. A unos dos mil pies iniciamos el viraje en busca de la trayectoria final; paso a paso vamos configurando la nave, primero los flaps que nos dan mayor sustentación y permiten reducir la velocidad y luego el tren de aterrizaje cuando estamos virando hacia la trayectoria que nos llevará al pavimento. Darío lee los ítems de la lista de chequeo de antes de aterrizar, para asegurarnos que todo está en orden. Es una sincronía que fluye armoniosamente. A unos mil quinientos pies empiezo a poner lentamente la potencia de los motores que responden de manera precisa para estar estabilizados en los últimos mil pies enfrentados a nuestro destino final. Aterrizamos y dejamos rodar la nave una vez ha dado respuesta al uso de los reversibles; paramos lentamente, sin afanes, disfrutando esa comunión sin palabras y el momento. Cuando me dispongo a virar para salir de la pista hacia la plataforma Alejandro rompe el protocolo y exclama con emoción contenida: “¡Carlos esto es la paja del alma!”, una manera soberbia de describir los momentos que acabamos de vivir.
  
Sí, sólo me detengo en tres instantes de los miles que atesoro en mi alma. Son como tantos, expresión de los sentidos comprometidos, dispuestos, y del cuerpo inmerso en esa realidad única del vuelo: es la vista arrobada ante un paisaje en movimiento, nunca igual, pero a su vez atenta a cada dato que los instrumentos nos comunican en su precisión; es una escucha alerta a cualquier cambio, pero igualmente fija en las voces que recorren el aire y nos llegan a través de los audífonos, familiares unas, desconocidas otras; es el olfato que se solaza con ese inconfundible “olor a avión” que acaba por impregnar la ropa y el cuerpo tras ocho horas de vuelo, pero que puede establecer si algo no está en su lugar; es el tacto que siente cualquier movimiento, que se compagina con las características de cada avión, pues no hay una nave igual a otra en esa “personalidades” tan singulares producto de el trabajo de miles de personas que lo hicieron posible; es el sabor salobre por de la boca reseca en ese ambiente presurizado y que se mitiga con el agua, compañera inseparable que combate ese aire seco y que nos hace tanto bien; y obviamente es la vinculación del corazón, de la mente, de la emoción renovada cada mañana, ante la diversidad siempre presta a sorprendernos en rutas cientos de veces recorridas, a la manera como se los amantes renuevan su atracción en el abrazo que precede a la entrega. 

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